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sábado, 18 de octubre de 2014

MAL RECUERDO. RELATO BREVE

Mal recuerdo

La vida en ese lugar transcurrió para nosotros como una miserable rutina en la que la soledad y la enajenación eran las mejores opciones. La juventud se desvaneció sin que nada importante hubiera marcado nuestras vidas. ¡Deberías estar orgullosa de ser cubana, gracias a eso eres la profesional que eres; en otro país no lo habrías sido! La rutina consistía en salir cada día a trabajar a las cinco de la mañana y regresar a las siete de la noche. Por esos tiempos aún no me había casado, no tenía hijos, tenía un novio que estudiaba diseño... y me sentía importante porque estudiaba diseño. Mi carrera cada vez me parecía más inservible e inútil. Cada tarde regresaba a casa rumiando mi desesperanza ante la posibilidad de nuevos cambios. Otro país no te hubiera permitido desarrollarte...

El límite llegó en una tarde en la que salimos a buscar alimentos con mucho dinero en nuestros bolsillos y mucha tristeza en nuestras almas. Caminamos durante horas y no encontramos ningún lugar que tuviera productos comestibles que se pudieran adquirir… ni siquiera gato[1] o frazada[2] refrita[3]… Tiempo atrás había ganado mi “Carnet de la Juventud” y recuerdo la sensación de ese día: fue gloriosa y me sentía feliz... llegué a casa luego de la búsqueda infructuosa de alimentos y, al llegar a mi habitación, me senté en mi cama y registré mi mesita de noche… sin ningún objetivo… y allí, en el fondo del cajón, estaba el carnet. Me miraba rojo, desafiante. Los tres rostros, de perfil, me cuestionaban mis pensamientos… El Ché, Camilo y Mella me suplicaban que no los hiciera realidad. Dos lagrimones resbalaron por mi rostro y me sentí tonta, no estaba triste… tenía hambre. En un arranque, fui a la cocina, y ya con una sensación de trastorno total, incineré mi pasado. Los tres rostros fueron tornándose negros, fueron desapareciendo. No dejé de llorar, ahora sí lloraba por los momentos perdidos, por mi juventud trunca… porque tenía hambre.

Luego de eso y por un tiempo me fui a otro rubro. Pensé que la vida, ahora, sí me sonreía. Había estudiado muchas horas, había obtenido mi título universitario; sin embargo estaba haciendo la cama de otra persona, limpiando su habitación, luego el pasillo, otra habitación, otro pasillo, otro baño… la misma rutina, sintiendo que, cada día, perdía un poco más de mi humanidad. Todos los trabajos son dignos, pero a mí me llamaban mis discípulos.  No te quejes, agradece lo que tienes. El alma se me consumía con tales frivolidades. Fui tildada de loca, histérica y malagradecida, cuando regresé a mi habitual sistema, cuando volví a clases, cuando volví a entregarme a mi profesión. Sí… estaba un poco loca, siempre he estado un poco loca, pero siempre he sido una loca feliz, así que tenía hambre, aún, pero mi alma estaba menos insatisfecha. Recuerdo uno de los maestros más grandes e inteligentes que he conocido, y que hoy ya no está, siempre me decía: “… eres loca, pero prefiero frenar locos que empujar tontos”. Se me quedó grabada esa frase y desde entonces disfruto mi permanente estado de ánimo.

Cuando hago un recuento de esa etapa que me tocó vivir, creo que una semana sin alimentos consistentes no es nada, unos rostros que se consumen bajo las llamas no son nada, una señora, que no sabe nada, que no vivió nada, que no significa nada, y que critica mis opiniones y el estar en este país… no es nada. Y estos pensamientos… tampoco son nada, solo un poco de mal, un poco de bien y un… mal recuerdo que se tornó el cimiento que fortalece la convicción de mi presente bonanza.

Liadys Valles Llebréz
Octubre, 2014




[1] Se rumoraba que, en Cuba, durante una época de dura hambruna, algunos inescrupulosos cazaban los gatos y lo vendían como pollo.
[2] Durante esta misma época en Cuba, personas inescrupulosas preparaban productos elaborados con tejidos, estos simulaban al filete, lo adobaban y lo vendían como carne.
[3] Frase cubana: muy frita.

jueves, 23 de febrero de 2012

Anécdotas Interesantes, llenas de enseñanzas y valores que pueden servir para debatir con los estudiantes y trabajar los valores Recopilación de anónimos... Liadys Valles




¿A dónde voy? 
Cuentan de Chesterton que era muy despistado. En una ocasión, viajando en tren, el revisor le pidió el billete. Él empezó a buscarlo por todos los bolsillos y no lo encontraba. Se iba poniendo cada vez más nervioso. Entonces el revisor le dijo: "Tranquilo, no se inquiete, que no le haré pagar otro billete". "No es pagar lo que me inquieta –repuso Chesterton– lo que me preocupa es que he olvidado a dónde voy". 

Anillo de compromiso  
Un muchacho entró con paso firme en una joyería y pidió que le mostraran el mejor anillo de compromiso que tuvieran. El joyero le enseñó uno. El muchacho contempló el anillo y con una sonrisa lo aprobó. Preguntó luego el precio y se dispuso a pagarlo. "¿Se va usted a casar pronto?", preguntó el dueño. "No. Ni siquiera tengo novia", contestó. La sorpresa del joyero divirtió al muchacho. "Es para mi madre. Cuando yo iba a nacer estuvo sola. Alguien le aconsejó que me matara antes de que naciera, pues así se evitaría problemas. Pero ella se negó y me dio el don de la vida. Y tuvo muchos problemas, muchos. Fue padre y madre para mí, y fue amiga y hermana, y fue maestra. Me hizo ser lo que soy. Ahora que puedo le compro este anillo de compromiso. Ella nunca tuvo uno. Yo se lo doy como promesa de que si ella hizo todo por mí, ahora yo haré todo por ella. Quizás después entregue yo otro anillo de compromiso, pero será el segundo". El joyero no dijo nada. Solamente ordenó a su cajera que le hiciera al muchacho el descuento aquel que se hacía solo a clientes especiales. 


Aprender a usar las manos 
Un marinero y un pirata se encuentran en un bar, y empiezan a contarse sus aventuras en los mares. El marinero nota que el pirata tiene una pierna de palo, un gancho en la mano y un parche en el ojo. El marinero le pregunta "¿Y cómo terminaste con esa pierna de palo?". El pirata le responde "Estábamos en una tormenta y una ola me tiró al mar, caí entre un montón de tiburones. Mientras mis amigos me agarraban para subirme un tiburón me arrancó la pierna de un mordisco". "!Guau! -replicó el marinero- ¿Y qué te pasó en la mano, por qué tienes ese gancho?". "Bien... -respondió el pirata-; estábamos abordando un barco enemigo, y mientras luchábamos con los otros marineros y las espadas, un enemigo me cortó la mano". "¡Increíble! -dijo el marinero- ¿Y qué te paso en el ojo?". "Una paloma que iba pasando y me cayó excremento en el ojo". "¿Perdiste el ojo por un excremento de paloma?", replicó el marinero incrédulamente. "Bueno... -dijo el pirata- ... era mi primer día con el gancho". 


Arreglar al hombre 
Un científico, que vivía preocupado con los problemas del mundo, estaba resuelto a encontrar los medios para aminorarlos. Pasaba días en su laboratorio en busca de respuestas para sus dudas. Cierto día, su hijo de siete años invadió su santuario decidido a ayudarlo a trabajar. El científico, nervioso por la interrupción, le pidió al niño que fuese a jugar a otro lugar. Viendo que era imposible que se fuera, pensó en algo que pudiese darle para distraer su atención. Vio una revista en donde venía el mapa del mundo, ¡justo lo que precisaba! Con unas tijeras recortó el mapa en varios pedazos y junto con un rollo de cinta se lo entregó a su hijo diciendo: "Como te gustan los rompecabezas, te voy a dar el mundo todo roto, para que lo repares sin ayuda de nadie". Calculó que al pequeño le llevaría días componer el mapa, pero no fue así. Pasados unos minutos, escuchó la voz del niño: "Papá, papá, ya lo he acabado". Al principio no dio crédito a las palabras del niño. Pensó que sería imposible que, a su edad, hubiera conseguido recomponer un mapa que jamás había visto antes. Desconfiado, el científico levantó la vista de sus anotaciones con la certeza de que vería el trabajo propio de un niño. Para su sorpresa, el mapa estaba completo. Todos los pedazos habían sido colocados en sus debidos lugares. ¿Cómo era posible? ¿Cómo el niño había sido capaz? Le dijo: "Hijo mío, tú no sabías cómo era el mundo, ¿cómo lograste recomponerlo?". "Papá, yo no sabía cómo era el mundo, pero cuando sacaste el mapa de la revista para recortarlo, vi que del otro lado estaba la figura de un hombre. Así que di vuelta a los recortes y comencé a recomponer al hombre, que sí sabía como era. Cuando conseguí arreglar al hombre, di vuelta la hoja y vi que había arreglado al mundo." 


Ayuda desinteresada  
Casi no la había visto. Era una señora anciana con el coche parado en el camino. El día estaba frió, lluvioso y gris. Alberto se pudo dar cuenta que la anciana necesitaba ayuda. Estacionó su coche delante del de la anciana. Aún estaba tosiendo cuando se le acercó. Aunque con una sonrisa nerviosa en el rostro, se dio cuenta de que la anciana estaba preocupada. Nadie se había detenido desde hacía más de una hora, cuando se detuvo en aquella transitada carretera. Realmente, para la anciana, ese hombre que se aproximaba no tenía muy buen aspecto, podría tratarse de un delincuente. Más no había nada por hacer, estaba a su merced. Se veía pobre y hambriento. Alberto pudo percibir cómo se sentía. Su rostro reflejaba cierto temor. Así que se adelantó a tomar la iniciativa en el diálogo: "Aquí vengo para ayudarla, señora. Entre a su vehículo que estará protegida de la lluvia. Mi nombre es Alberto". Gracias a Dios solo se trataba de un neumático pinchado, pero para la anciana se trataba de una situación difícil. Alberto se metió bajo el coche buscando un lugar donde poner el gato y en la maniobra se lastimó varias veces los nudillos. Estaba apretando las últimas tuercas, cuando la señora bajó la ventana y comenzó a hablar con él. Le contó de donde venía; que tan sólo estaba de paso por allí, y que no sabía cómo agradecerle. Alberto sonreía mientras cerraba el coche guardando las herramientas. Le preguntó cuanto le debía, pues cualquier suma sería correcta dadas las circunstancias, pues pensaba las cosas terribles que le hubiese pasado de no haber contado con la gentileza de Alberto. Él no había pensado en dinero. Esto no se trataba de ningún trabajo para él. Ayudar a alguien en necesidad era la mejor forma de pagar por las veces que a él, a su vez, lo habían ayudado cuando se encontraba en situaciones similares. Alberto estaba acostumbrado a vivir así. Le dijo a la anciana que si quería pagarle, la mejor forma de hacerlo sería que la próxima vez que viera a alguien en necesidad, y estuviera a su alcance el poder asistirla, lo hiciera de manera desinteresada, y que entonces... - "tan solo piense en mí"-, agregó despidiéndose. Alberto esperó hasta que al auto se fuera. Había sido un día frió, gris y depresivo, pero se sintió bien en terminarlo de esa forma, estas eran las cosas que más satisfacción le traían. Entró en su coche y se fue. Unos kilómetros más adelante la señora divisó una pequeña cafetería. Pensó que sería muy bueno quitarse el frió con una taza de café caliente antes de continuar el último tramo de su viaje. Se trataba de un pequeño lugar un poco desvencijado. Por fuera había dos bombas viejas de gasolina que no se habían usado por años. Al entrar se fijó en la escena del interior. La caja registradora se parecía a aquellas de cuerda que había usado en su juventud. Una cortés camarera se le acercó y le extendió una toalla de papel para que se secara el cabello, mojado por la lluvia. Tenía un rostro agradable con una hermosa sonrisa. Aquel tipo de sonrisa que no se borra aunque estuviera muchas horas de pie. La anciana notó que la camarera estaría de ocho meses de dulce espera. Y sin embargo esto no le hacia cambiar su simpática actitud. Pensó en como gente que tiene tan poco pueda ser tan generosa con los extraños. Entonces se acordó de Alberto... Después de terminar su café caliente y su comida, le alcanzó a la camarera el precio de la cuenta con un billete de cien dólares. Cuando la muchacha regresó con el cambio constató que la señora se había ido. Pretendió alcanzarla. Al correr hacia la puerta vio en la mesa algo escrito en una servilleta de papel al lado de 4 billetes de $100. Los ojos se le llenaron de lágrimas cuando leyó la nota: "No me debes nada, yo estuve una vez donde tú estás. Alguien me ayudo como hoy te estoy ayudando a ti. Si quieres pagarme, esto es lo que puedes hacer: No dejes de ayudar a otros como hoy lo hago contigo. Continúa dando tu alegría y tu sonrisa y no permitas que esta cadena se rompa. Aunque había mesas que limpiar y azucareras que llenar, aquél día se le pasó volando. Esa noche, ya en su casa, mientras la camarera entraba sigilosamente en su cama, para no despertar a su agotado esposo que debía levantarse muy temprano, pensó en lo que la anciana había hecho con ella. ¿Cómo sabría ella las necesidades que tenían con su esposo, los problemas económicos que estaban pasando, máxime ahora con la llegada del bebé. Era consciente de cuan preocupado estaba su esposo por todo esto. Acercándose suavemente hacia él, para no despertarlo, mientras lo besaba tiernamente, le susurró al oído: "Todo va a salir bien, Alberto".